Ahora que José Saramago expresó su opinión sobre la Biblia, no quedaba otra que esperar la reacción de la iglesia católica. Según la nota periodística, aparecida en muchos diarios, la iglesia católica de Portugal se dijo ofendida por las declaraciones de Saramago. ¿Y qué declaró el escritor? Pues no gran cosa: que “la Biblia era un catálogo de crueldad y de lo peor en la naturaleza humana”. Y digo que no es gran cosa porque lo que dijo Saramago es solamente una crítica a la ruindad de “naturaleza humana” y que, a su parecer, se consigna en las página de la Biblia. Bueno, para que Saramago opinara de ese modo, es indudable que debió leer a conciencia todos y cada uno de los libros que integran la Biblia. Y eso es algo que, me parece, no hacemos muchos católicos.
Creo, además, que el autor portugués no emitió tales declaraciones para desdeñar un libro en el que se sostiene la religión más importante de Occidente. Por el contrario, es probable que su opinión sobre la Biblia sea nomás una crítica literaria. Yo lo hubiera dicho de la siguiente manera: “la biblia es un excelente y hermoso catálogo de la crueldad y de las peores cosas de la naturaleza humana”. Aunque ahora pienso que el premio Nobel no fue del todo justo con la valoración que hizo del contenido de la Biblia. Porque es un hecho que muchos pasajes y personajes bíblicos son muestra de lo mejor que puede haber en la naturaleza y el comportamiento humano. Si en alguna parte se consigna la manera en que un rey manda matar a los recién nacidos de una aldea, en otra podemos apreciar el valor de un hombres para liberar a su pueblo de la esclavitud. O la de un sujeto llamado Noe, que nomás porque dijo que Dios le habló, decide construir un barco para salvar plantas y animales de un diluvio, convirtiéndose así en el primer ecologista del que se tenga registro.
Pero a mí me gusta, por ejemplo, la historia y los personajes del libro de Ruth: hay ahí una hermosa exaltación de la bondad, la justica, la perseverancia y la fraternidad de los humanos. Y bueno, ya ni hablar de la cachondez de Salomón en el Cantar de los Cantares: “Tus dos pechos, como gemelos de gacela, que se apacientan entre lirios…”
Por lo demás, también me interesan los Evangelios, en especial los pasajes donde se relatan los milagros de Jesús. Y es que, quizás, la parte de los milagros es lo que más recuerda la gente cuando habla de la Biblia. Será porque con ellos se demuestra que Jesús era el misericordioso hijo de Dios, capaz de levantar muertos, curar enfermos y alimentar multitudes con apenas un canasto de pan y dos peces.
Aquí es donde confesaré que, de todos los milagros de Jesús, el que más me agrada es el de las bodas de Caná: Según San Juan la fiesta llevaba ya tres días cuando el vino se acabó. (Era una fiestotota, tal como Dios manda). Así, mientras Jesús y sus discípulos andaban por ahí, zorreando a las muchachas y buscado a quién sacar a bailar, la señora madre del hijo de Dios, quien andaba husmeando por la cocina, se enteró de que el vino se había terminado. Entonces fue con Jesús para ponerlo al tanto del chisme y lamentarse: “y mira lo que son las cosas hijito, yo que tenía ganas de echarme unas dos o tres copitas antes de irnos”. Lamento al que se sumaron los discípulos, porque todavía tenían ganas de seguir la farra. Así, ante la petición velada de su madre y la insistencia de sus cuates, el Mesías apeló a la fanfarronería y dijo: “¡Cómo que no hay! A ver, que llenen esas tinajas de cien litros con agua de la llave”. Luego, haciendo unos pases mágicos, convirtió el agua en un vino que, según el chismoso de San Juan, era de la mejor calidad. Huelga decir que la fiesta continúo por otros tres días más.
¿A poco no es muy bonito este pasaje? Por eso digo que Saramago no fue del todo justo al valorar el contenido de la Biblia: también es un catálogo de buenas intenciones y hazañas asombrosas.